Por : Kathleenn Ackermann
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Artículo educativo basado en evidencia científica
Introducción
Olvidar dónde dejamos las llaves, tardar unos segundos en recordar un nombre o entrar a una habitación y preguntarnos qué íbamos a buscar son situaciones que pueden ocurrir en la vida cotidiana. Sin embargo, cuando quien empieza a olvidar es una persona mayor, es frecuente que aparezca una preocupación diferente en la familia:
“¿Será normal por la edad o podría estar comenzando un problema de memoria?”
La pregunta es comprensible. La memoria y otras funciones cognitivas pueden experimentar algunos cambios a medida que envejecemos, pero la demencia no constituye una consecuencia inevitable del envejecimiento. De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud (OMS), en 2021 alrededor de 57 millones de personas vivían con demencia en el mundo y cada año se registran casi 10 millones de casos nuevos.[1]
Sin embargo, un olvido aislado no permite establecer qué está ocurriendo.
Los cambios cognitivos pueden tener diferentes explicaciones y no todos significan enfermedad de Alzheimer. Además de la memoria, importa observar la orientación, el lenguaje, la capacidad para resolver problemas, el comportamiento y, especialmente, si ha cambiado la manera en que la persona se desenvuelve en actividades que anteriormente realizaba con normalidad.[1–3]
Por eso, quizá la pregunta no debería ser únicamente “¿qué está olvidando?”, sino también:
“¿Qué ha cambiado respecto a cómo funcionaba antes?”
Esa pregunta será el punto de partida de este artículo.
¿Todos los olvidos en una persona mayor son anormales?
No.
Envejecer implica cambios en diferentes funciones del organismo, y el cerebro no es una excepción. Algunas personas pueden necesitar más tiempo para aprender información nueva, recordar un nombre o recuperar un dato que finalmente consiguen recordar. También pueden perder ocasionalmente un objeto o cometer algún error sin que esto signifique necesariamente la presencia de una enfermedad.[2]
La dificultad aparece cuando intentamos establecer una frontera rígida entre “olvido normal” y “olvido anormal” basándonos solamente en un episodio.
Olvidar una cita una vez no tiene el mismo significado que comenzar a olvidar repetidamente compromisos que antes se manejaban sin dificultad. Perder unas llaves ocasionalmente tampoco equivale a extraviar objetos con frecuencia y tener cada vez más dificultades para reconstruir dónde pudieron quedar.[2,5]
Por eso, más que contar cuántas veces una persona olvida algo, resulta útil observar el patrón del cambio: si es algo nuevo, si ocurre con mayor frecuencia, si ha progresado con el tiempo y, especialmente, si comienza a afectar actividades que antes realizaba de manera independiente.[2–4]
No observe únicamente el olvido: observe el cambio
Pensemos en una persona que durante años ha administrado las cuentas de su hogar. Un día puede olvidar pagar una factura y recordarlo después. Ese episodio, por sí solo, dice muy poco.
Pero si durante los últimos meses comienza a pagar repetidamente una misma factura, deja otras sin pagar, se confunde con cantidades que antes manejaba con facilidad o necesita cada vez más ayuda para organizar sus pagos, la situación es diferente.
Lo importante no es solamente que “se equivocó con el dinero”. Lo que merece atención es que una capacidad previamente adquirida parece estar cambiando.
Lo mismo puede ocurrir al cocinar, organizar medicamentos, seguir una conversación, orientarse en lugares conocidos o realizar otras actividades habituales.
Así, cuando una familia percibe cambios cognitivos, puede resultar más útil preguntarse:
¿Esto ya le ocurría antes? ¿Se está volviendo más frecuente? ¿Ha progresado con el tiempo? ¿Está interfiriendo con actividades que anteriormente realizaba sin ayuda?
Responder afirmativamente a alguna de estas preguntas no establece un diagnóstico. Significa que existe un cambio que merece ser comprendido y, dependiendo de su magnitud y evolución, valorado por un profesional.
¿Qué es el deterioro cognitivo leve?
Entre los cambios cognitivos asociados al envejecimiento y aquellos que llegan a comprometer de manera importante la independencia existe una condición conocida como deterioro cognitivo leve (DCL).
En el DCL, una persona presenta dificultades en una o más funciones cognitivas —como la memoria, la atención, el lenguaje o la capacidad para organizar y resolver problemas— mayores de lo esperado teniendo en cuenta su edad y contexto. Sin embargo, estas dificultades no interfieren de manera sustancial con su capacidad para desenvolverse de forma independiente en la vida cotidiana.[2,4]
Esto no significa que todo continúe exactamente igual.
Una persona puede seguir realizando sus actividades habituales, pero necesitar más tiempo, cometer errores que antes no cometía, utilizar estrategias compensatorias con mayor frecuencia o requerir pequeñas ayudas para determinadas tareas complejas.
Por ejemplo, puede continuar administrando sus pagos, pero necesitar revisar varias veces una operación que antes realizaba con facilidad. Puede seguir organizando sus medicamentos, aunque ahora dependa más de una alarma o de un organizador.
La diferencia puede parecer pequeña, pero clínicamente importa. Tener deterioro cognitivo leve no significa tener demencia. Esta distinción merece hacerse con cuidado.
El DCL no es sinónimo de demencia ni de enfermedad de Alzheimer. Algunas personas con deterioro cognitivo leve presentan un mayor riesgo de desarrollar posteriormente una demencia, pero la evolución no es igual para todos. Algunas permanecen estables y otras pueden incluso mostrar mejoría.[2,4]
Por eso sería incorrecto presentar el envejecimiento, el DCL y la demencia como tres escalones inevitables: envejecimiento → DCL → demencia
No todas las personas recorren ese camino. Buscar una valoración, entonces, no significa asumir de antemano cuál será el diagnóstico. Significa intentar comprender qué está ocurriendo.
La memoria importa, pero la autonomía también
Cuando hablamos de deterioro cognitivo, solemos concentrarnos en cuánto recuerda una persona. Pero existe otra pregunta igual de importante:
¿Cómo están afectando estos cambios en su vida cotidiana?
Una persona puede presentar determinadas dificultades cognitivas y continuar desenvolviéndose de manera independiente. En otras situaciones, esas dificultades empiezan a comprometer actividades que durante años realizó sin ayuda.
Por eso, durante una valoración cognitiva no solamente interesa explorar memoria, lenguaje, orientación o atención. También resulta fundamental conocer cómo funciona la persona en su vida real.[3,4]
Algunas actividades cotidianas requieren procesos relativamente complejos: administrar dinero, organizar medicamentos, hacer compras, cocinar, utilizar medios de transporte o encargarse de determinadas responsabilidades del hogar. Estas se conocen como actividades instrumentales de la vida diaria. Otras son más básicas, como alimentarse, vestirse, bañarse o utilizar el baño.
Las dificultades cognitivas pueden hacerse visibles en actividades complejas antes de que una persona necesite ayuda para las actividades básicas.[3]
Por eso, decir: “Pero mi mamá todavía se baña, se viste y come sola” aporta información importante, pero no necesariamente describe todo su funcionamiento.
También puede ser necesario preguntarnos:
¿Sigue organizando sus medicamentos como antes? ¿Maneja sus cuentas de la misma manera? ¿Puede preparar una comida que conoce bien? ¿Continúa orientándose en lugares habituales?
No buscamos que una persona mayor haga todo con la misma rapidez que décadas atrás. Tampoco pretendemos convertir cualquier necesidad de ayuda en un signo de enfermedad.
Buscamos algo diferente:
Un cambio respecto a su propia capacidad previa. Dos personas de la misma edad pueden tener historias, responsabilidades y capacidades completamente distintas. Por eso, para comprender si algo está cambiando, necesitamos conocer cómo funcionaba esa persona antes.
Entonces, ¿qué entendemos por demencia?
La demencia no significa simplemente “tener muy mala memoria”.
Es un síndrome producido por diferentes enfermedades o alteraciones que afectan el cerebro y que puede comprometer la memoria, el pensamiento, la orientación, el lenguaje, el juicio, el comportamiento y la capacidad para realizar actividades de la vida cotidiana.[1]
Cuando existe demencia, las alteraciones cognitivas alcanzan una magnitud suficiente para interferir significativamente con el funcionamiento cotidiano. Sin embargo, esto tampoco significa que una persona pierda inmediatamente todas sus capacidades o necesite ayuda para absolutamente todo.[1,3]
La repercusión funcional puede variar según la enfermedad, su etapa, las características de la persona y las actividades que forman parte de su vida.
Y esto permite comprender una idea fundamental:
Las demencias no son únicamente enfermedades de la memoria.
En algunas personas los olvidos pueden ser especialmente evidentes. En otras, pueden llamar primero la atención cambios en el lenguaje, el comportamiento, la planificación, la orientación u otras capacidades cognitivas.[1]
La demencia y la enfermedad de Alzheimer no significan lo mismo. Aunque ambos términos suelen utilizarse como si fueran equivalentes, no lo son. La demencia describe un síndrome que puede ser producido por diferentes enfermedades o alteraciones que afectan el cerebro.
La enfermedad de Alzheimer es una enfermedad específica y constituye la causa más frecuente de demencia. La OMS estima que representa aproximadamente entre el 60 % y el 70 % de los casos.[1] Existen otras formas, entre ellas la demencia vascular, la demencia con cuerpos de Lewy y las demencias frontotemporales. Además, en una misma persona pueden coexistir diferentes procesos patológicos.[1]
Las manifestaciones pueden variar según la causa. En la presentación típica de la enfermedad de Alzheimer son frecuentes las dificultades progresivas para aprender y recordar información reciente, mientras que otras enfermedades pueden hacer más evidentes inicialmente alteraciones del comportamiento, el lenguaje, la atención, el movimiento o las funciones ejecutivas.
Por eso, aunque es comprensible que una familia piense inmediatamente en Alzheimer cuando aparecen olvidos, las dificultades de memoria por sí solas no permiten determinar qué enfermedad —si existe alguna— las está produciendo.
Pero tampoco deberíamos recorrer el camino contrario: “Tiene 80 años; es normal.”
La edad es el principal factor de riesgo conocido para desarrollar demencia, pero la demencia no forma parte inevitable del envejecimiento.[1]  Entre asumir que cualquier olvido es Alzheimer y justificar cualquier deterioro por la edad existe un espacio mucho más responsable:
observar el cambio, comprender su evolución y buscar una valoración cuando corresponda.
No todo aparente problema de memoria empieza en la memoria
Cuando una persona comienza a olvidar, es natural dirigir toda la atención hacia su memoria. Sin embargo, para recordar algo primero necesitas haber podido prestar atención, recibir adecuadamente la información, procesarla y almacenarla. Por eso, algunas situaciones pueden hacer que una persona parezca estar olvidando cuando existen otros factores interfiriendo con alguna parte de ese proceso. Los medicamentos, determinadas condiciones de salud, las alteraciones del sueño, algunos trastornos emocionales y las dificultades auditivas o visuales pueden contribuir a cambios en la atención, la concentración o el funcionamiento cognitivo.[2–4]
Esto no significa que debamos buscar una explicación sencilla para cada olvido ni asumir que todos los problemas cognitivos son reversibles.
Significa algo más importante: Antes de preguntarnos únicamente qué está olvidando una persona, también debemos preguntarnos qué podría estar interfiriendo con su capacidad para recibir, procesar o recuperar esa información.
Los medicamentos también forman parte de la historia
Cuando aparecen cambios cognitivos, conocer qué medicamentos utiliza la persona puede aportar información importante. Algunos medicamentos —y, en determinadas circunstancias, la combinación de varios— pueden contribuir a confusión, somnolencia, alteraciones de la atención u otros síntomas cognitivos, especialmente en personas mayores.[3,4]
Esto merece especial atención cuando los cambios coinciden temporalmente con el inicio de un medicamento, una modificación de dosis o cambios recientes en el tratamiento. Pero una coincidencia temporal no demuestra por sí sola que el medicamento sea la causa.
Y, sobre todo:
Identificar un medicamento potencialmente relacionado no significa que deba suspenderse. Modificar o retirar un tratamiento sin orientación profesional también puede tener consecuencias. Por eso, la revisión debe considerar por qué fue indicado, la dosis, los demás tratamientos y la situación clínica de la persona.
Ante una valoración por cambios cognitivos, puede ser útil llevar un listado actualizado de los medicamentos y suplementos utilizados, incluyendo dosis y frecuencia. Cuando escuchar o ver se vuelve más difícil
Imaginemos que una persona no escucha completamente una conversación. Algunas horas después alguien le pregunta:
—¿No recuerdas lo que te dije?
Pero quizá exista otra pregunta antes:
¿Recibió correctamente esa información desde el comienzo?
Las dificultades auditivas o visuales pueden afectar la interacción con el entorno y también interferir con determinadas evaluaciones cognitivas.[3] Esto no significa que una pérdida auditiva explique automáticamente un problema de memoria.
Significa que el contexto importa. Una persona que no escuchó adecuadamente una indicación puede tener dificultades para recordar después una información que no recibió de forma completa. El estado emocional también puede influir en cómo pensamos
La depresión, la ansiedad, el duelo y períodos de estrés importante pueden acompañarse de dificultades para concentrarse, mantener la atención o recordar información.[2,4] Sin embargo, la presencia de síntomas emocionales tampoco debería utilizarse automáticamente para explicar un deterioro cognitivo.
No sería correcto asumir:
“No tiene un problema cognitivo; solamente está deprimido.”
Los síntomas emocionales y cognitivos pueden coexistir. Por eso, conocer cambios en el estado de ánimo, el sueño, la motivación o acontecimientos importantes ocurridos recientemente también puede aportar información durante una valoración. La historia cognitiva no comienza y termina preguntando cuánto recuerda.
Algunas condiciones médicas también pueden contribuir a alteraciones tiroideas, determinadas deficiencias nutricionales, problemas del sueño y otras condiciones médicas pueden asociarse con dificultades cognitivas.[2–4]
Dependiendo de la historia clínica y de los hallazgos de la valoración, el profesional puede considerar un examen físico, revisar enfermedades y medicamentos y solicitar estudios dirigidos a investigar condiciones que puedan estar causando o contribuyendo a los síntomas.[3,4] Identificar y tratar una condición contribuyente puede mejorar los síntomas en algunos casos, pero el resultado dependerá de la causa y de la situación particular de cada persona.
Por eso evitamos una simplificación frecuente: hablar de “causas reversibles de demencia” como si identificar una condición garantizara recuperar completamente el funcionamiento previo.
No siempre es así.
No solamente importa qué cambió; también importa con qué rapidez cambió
Hasta ahora hemos hablado principalmente de cambios que una familia puede observar durante semanas, meses o incluso años.
Pero imaginemos una situación diferente. Una persona que ayer conversaba y se desenvolvió de la manera habitual hoy está desorientada, tiene dificultad para mantener la atención, está inusualmente somnolienta o agitada, o presenta un comportamiento claramente diferente al habitual.
En ese momento, la velocidad del cambio se convierte en una información clínica fundamental. El delirium es un síndrome caracterizado por una alteración aguda de la atención y otras funciones cognitivas, que aparece en un período corto y puede fluctuar. Puede relacionarse con enfermedades agudas, medicamentos y diferentes alteraciones fisiológicas, entre otras causas.[6]
Sin embargo, una familia no necesita —ni debería intentar— diagnosticar delirium en casa. Necesita reconocer algo más sencillo:
Una confusión que aparece bruscamente en horas o pocos días no debería atribuirse simplemente a la edad ni observarse durante semanas esperando que desaparezca.Los cambios agudos o fluctuantes en la atención, la cognición, la percepción, el comportamiento o el funcionamiento físico requieren una valoración clínica oportuna para investigar qué está ocurriendo.[6]
¿Y si la persona ya tiene demencia?
Cuando una persona vive con demencia y presenta un empeoramiento brusco, puede resultar fácil pensar:
“Es que la enfermedad avanzó.”
Pero un diagnóstico previo de demencia no explica automáticamente cualquier cambio repentino. Una persona con demencia también puede desarrollar delirium o presentar una enfermedad aguda que altere su funcionamiento cognitivo.[6] Por eso, incluso cuando ya existe un diagnóstico, un cambio brusco respecto al estado habitual merece investigar qué ocurrió.
Aquí aparece una segunda pregunta que complementa la que nos ha acompañado desde el comienzo:
¿Qué cambió respecto a cómo funcionaba antes?
¿Y en cuánto tiempo cambió?
Cuando el cambio requiere atención inmediata. No todos los cambios cognitivos tienen la misma urgencia.
Si una alteración aparece repentinamente y además se acompaña de síntomas neurológicos nuevos —como debilidad o pérdida de sensibilidad de un lado del cuerpo, desviación facial, dificultad súbita para hablar o comprender, pérdida brusca de visión, una convulsión o pérdida de conciencia— se requiere atención médica inmediata. En ese momento, la familia no necesita determinar en casa cuál es el diagnóstico.
Necesita reconocer que la situación no debería esperar una consulta programada.
¿Cómo se evalúa un posible deterioro cognitivo?
Cuando una familia consulta porque una persona está olvidando más de lo habitual, la evaluación no debería reducirse a preguntarle la fecha, pedirle que recuerde algunas palabras o entregarle una prueba de memoria.
Comprender qué está ocurriendo requiere reunir diferentes piezas de información. La historia clínica, la evolución de los síntomas, los cambios en la vida cotidiana, los medicamentos utilizados, el estado físico y emocional, la exploración cognitiva y, cuando están indicados, determinados estudios complementarios forman parte de un proceso que debe interpretarse en conjunto.[3,4]
Antes de pensar en una puntuación, necesitamos saber:
¿Cuándo comenzaron las dificultades? ¿Aparecieron progresivamente o de manera repentina? ¿Han cambiado con el tiempo? ¿Qué actividades realizaba antes sin dificultad y ahora le cuestan? ¿Ha cambiado su comportamiento o estado de ánimo? ¿Qué medicamentos utiliza? ¿Ha ocurrido recientemente alguna enfermedad, hospitalización o modificación de tratamiento?
Estas preguntas ayudan a reconstruir algo que una prueba aislada difícilmente puede mostrar: la trayectoria del cambio. La familia puede observar cosas que no aparecen durante una consulta. Una consulta representa apenas una pequeña parte de la vida cotidiana.
Quizá durante ese período la persona converse y se desenvuelva aparentemente bien, mientras que alguien que vive con ella ha observado durante meses que repite las mismas preguntas, se confunde con medicamentos que antes organizaba sola o presenta dificultades con actividades que durante años realizó sin ayuda.
Por eso, cuando es apropiado, la información aportada por alguien que conoce bien a la persona puede complementar la valoración.[3]
Pero existe una distinción importante: La familia no diagnostica; aporta observaciones. No es lo mismo decir:
“Mi mamá está perdiendo la memoria”
que explicar:
“Durante los últimos cuatro meses ha comenzado a repetir varias veces las mismas preguntas y necesita ayuda para organizar pagos que anteriormente manejaba sola.”
La segunda descripción aporta información sobre qué cambió, desde cuándo y cómo está afectando su funcionamiento.
¿Para qué sirven las pruebas cognitivas?
Herramientas como el Mini-Mental, el MoCA o el Mini-Cog pueden utilizarse para explorar diferentes aspectos del funcionamiento cognitivo y ayudar a determinar cuándo se necesita una evaluación más amplia. Pero el resultado de una prueba cognitiva no establece por sí solo un diagnóstico de demencia ni de enfermedad de Alzheimer.[3,4]
La escolaridad, el idioma, determinadas características culturales, las dificultades auditivas o visuales y las condiciones en las que se realiza la evaluación pueden influir en el desempeño. Por eso no sería responsable tomar una prueba encontrada en internet, realizarla en casa y concluir:
“Obtuvo determinada puntuación; entonces tiene Alzheimer.”
No funciona así. Las pruebas aportan información; no reemplazan la historia de la persona. Y lo contrario también importa: un resultado aparentemente normal no debería utilizarse de manera aislada para descartar un problema cuando existen cambios persistentes en la vida cotidiana.[3]
¿Por qué pueden solicitarse análisis o imágenes?
Porque no todos los cambios cognitivos tienen la misma explicación.
Dependiendo de la historia clínica y de los hallazgos de la valoración, pueden solicitarse análisis dirigidos a investigar condiciones que podrían estar causando o contribuyendo a los síntomas.[3,4]
No existe, sin embargo, una lista de exámenes que una persona deba solicitar por cuenta propia simplemente porque está olvidando cosas.
En determinados casos también pueden utilizarse estudios como la tomografía computarizada o la resonancia magnética cerebral para investigar alteraciones estructurales u otras posibles causas y contribuir a la evaluación diagnóstica.[3]
En situaciones seleccionadas existen además estudios especializados y biomarcadores relacionados con determinadas enfermedades neurodegenerativas.
Pero el principio sigue siendo el mismo: Los resultados deben interpretarse dentro del contexto clínico. Ningún examen, imagen o puntuación aislada debería convertirse en toda la historia de una persona.
Diagnosticar no es contar olvidos
Después de recorrer todo lo anterior, podemos reunir las piezas. Evaluar un posible deterioro cognitivo implica comprender qué cambió, cuándo comenzó, cómo ha evolucionado, qué funciones parecen estar afectadas, cuánto está interfiriendo con la vida cotidiana y qué condiciones podrían estar contribuyendo a esos cambios.
Después, esa información debe interpretarse en conjunto. Diagnosticar un trastorno cognitivo no consiste en contar cuántas cosas olvida una persona. Consiste en comprender qué cambió, cómo ha evolucionado, cuánto afecta su vida cotidiana y qué podría estar explicándolo.
Entonces, ¿cuándo deberíamos consultar?
No es necesario esperar hasta que una persona dependa completamente de los demás.
Es recomendable buscar una valoración cuando aparecen cambios en la memoria, orientación, lenguaje, razonamiento o comportamiento que son nuevos, persistentes o progresivos, especialmente cuando comienzan a interferir con actividades que anteriormente realizaba con normalidad o cuando otras personas cercanas también han observado un cambio.[1–3]
Puede tratarse, por ejemplo, de una dificultad creciente para organizar medicamentos, manejar responsabilidades económicas, realizar tareas conocidas, seguir conversaciones u orientarse en lugares habituales. Buscar una valoración no equivale a asumir un diagnóstico. Permite investigar qué está ocurriendo y, cuando corresponda, establecer medidas de seguimiento, tratamiento, apoyo o seguridad.
Y cuando el cambio aparece bruscamente, la lógica es diferente. Una confusión importante que se desarrolla en horas o pocos días merece una valoración médica oportuna.[6] Si además aparecen de forma súbita signos neurológicos importantes, se requiere atención médica inmediata.
En determinadas situaciones, reconocer que algo cambió bruscamente es suficiente para actuar.
¿Qué puede hacer la familia mientras espera una valoración?
Cuando una familia comienza a notar cambios en la memoria o el comportamiento, es comprensible que quiera ayudar inmediatamente. A veces esa preocupación lleva a vigilar cada olvidó, corregir cada equivocación o asumir tareas que la persona todavía puede realizar.
Sin embargo, acompañar no significa necesariamente hacer todo por ella. Observar sin convertir cada conversación en una prueba
Preguntar constantemente:
—¿Te acuerdas de lo que te dije?
—¿Qué día es hoy?
—¿Dónde dejaste las llaves?
puede terminar convirtiendo las conversaciones cotidianas en pequeñas evaluaciones.
En lugar de intentar comprobar continuamente la memoria, puede ser más útil registrar ejemplos concretos que aparezcan espontáneamente.
No es lo mismo escribir:
“Está perdiendo mucho la memoria”
que:
“Durante los últimos tres meses ha comenzado a repetir varias veces una misma pregunta durante una conversación.”
La primera frase expresa una impresión. La segunda describe qué cambió, durante cuánto tiempo y cómo se está manifestando. Preparar la consulta también es una forma de cuidar. Puede ser útil reunir información sobre cuándo comenzaron los cambios, cómo han evolucionado, algunos ejemplos concretos, enfermedades conocidas, hospitalizaciones recientes y los medicamentos y suplementos utilizados.[2–4]
Cuando sea posible, conviene llevar un listado actualizado con nombre, dosis y frecuencia de los medicamentos. Pero esa revisión no debe convertirse en una decisión casera sobre qué tratamiento retirar. Un medicamento prescrito no debería suspenderse o modificarse por cuenta propia únicamente porque exista la sospecha de que puede estar contribuyendo a los síntomas.
También puede ser útil que participe alguien que conozca bien a la persona, respetando su privacidad y procurando que ella continúe formando parte de la conversación y de las decisiones que le conciernen.
La persona evaluada no debería convertirse en alguien de quien todos hablan mientras ella permanece al margen.
Ayudar no significa hacer todo por la persona
Cuando comienzan los olvidos, el miedo puede llevar a una familia a asumir rápidamente el control de medicamentos, dinero, compras, comidas, citas y otras decisiones cotidianas. En algunas situaciones será necesario aumentar el apoyo o la supervisión.
Pero las capacidades cognitivas y funcionales no desaparecen todas al mismo tiempo.Una persona puede necesitar ayuda para organizar sus medicamentos y continuar escogiendo su ropa. Puede requerir acompañamiento para manejar determinadas responsabilidades económicas y conservar independencia en otras actividades. Por eso, antes de sustituir completamente una actividad, vale la pena preguntarnos:
¿En qué necesita ayuda y qué sigue pudiendo hacer por sí misma?
Preservar la autonomía no significa ignorar los riesgos. Si los cambios comprometen actividades potencialmente peligrosas —como el manejo de medicamentos, la cocina, la conducción, determinadas decisiones financieras o la posibilidad de desorientarse fuera del hogar— será necesario valorar qué apoyo requiere esa persona.
Pero proteger no debería significar retirar automáticamente toda capacidad de decisión. El objetivo es ajustar el apoyo a las necesidades reales y a las capacidades que todavía se conservan.
No toda equivocación necesita convertirse en una discusión
Imaginemos:
—Ya te había dicho que mañana tenemos una cita.
—No me dijiste.
—Sí te dije. Te lo repetí esta mañana.
—No, no me dijiste.
En algún momento, la conversación deja de tratar sobre la cita y empieza a tratar sobre demostrar quién tiene razón. Cuando existen dificultades cognitivas, corregir repetidamente cada error puede aumentar la frustración sin necesariamente resolver la dificultad.
Esto no significa ocultar información ni asumir que nunca debemos corregir.
Significa preguntarnos:
¿Qué buscamos conseguir con esta corrección?
Si existe una decisión importante o un riesgo, orientar a la persona tiene una finalidad concreta. Si la equivocación no tiene consecuencias y corregirla repetidamente solo termina generando vergüenza o conflicto, quizá no sea necesario convertir cada error en una confrontación.
El objetivo del acompañamiento no debería ser conseguir que una persona responda correctamente durante todo el día. Debería favorecer, en la medida de lo posible, su seguridad, comunicación, participación y bienestar. Los apoyos cotidianos pueden ser útiles, calendarios visibles, agendas, alarmas, organizadores, recordatorios o rutinas relativamente estables pueden facilitar determinadas actividades y favorecer la independencia.
Un calendario puede ayudar a recordar una cita. Una alarma puede recordar el momento de una actividad. Un organizador puede facilitar una rutina. Pero estas herramientas no están tratando necesariamente la causa del problema cognitivo. Son apoyos que pueden ayudar a compensar determinadas dificultades.
Cuidar también implica saber cuándo necesitamos ayuda
Los cambios cognitivos no afectan únicamente a quien los experimenta.
La incertidumbre, la supervisión, determinados cambios de comportamiento y el aumento de responsabilidades pueden generar una carga importante para familiares y cuidadores. La demencia puede tener repercusiones físicas, psicológicas, sociales y económicas tanto para la persona afectada como para quienes participan en su cuidado.[1] 
Por eso, cuidar bien no debería significar que una sola persona tenga que resolverlo todo. Buscar orientación profesional, compartir responsabilidades cuando sea posible y reconocer cuándo la situación supera lo que una familia puede manejar sola también forman parte del cuidado.
Cuando una persona empieza a olvidar, nuestra primera reacción puede ser hacer más cosas por ella. Sin embargo, cuidar también implica reconocer lo que todavía puede hacer, escucharla y ofrecer apoyo en aquello que realmente necesita.
Antes de buscar un diagnóstico, recordemos que estamos acompañando a una persona
Los cambios cognitivos pueden modificar muchas cosas con el tiempo, pero no convierten automáticamente a alguien en una persona incapaz de opinar, decidir o participar en su propia vida.
Detrás de los olvidos continúa existiendo una historia, unas preferencias, unas costumbres, unos vínculos y una manera particular de relacionarse con los demás. Por eso, incluso mientras intentamos comprender qué está ocurriendo, la persona debería continuar participando en las decisiones que le conciernen en la medida de sus capacidades.
Acompañar un posible deterioro cognitivo no consiste únicamente en identificar riesgos. También implica reconocer capacidades. Y ahí existe una diferencia importante entre simplemente hacer cosas por alguien y verdaderamente cuidarlo.
Conclusión
Cuando una persona mayor comienza a olvidar, es comprensible que aparezca la preocupación y que una familia piense inmediatamente en la enfermedad de Alzheimer. Sin embargo, un olvido aislado no cuenta toda la historia.
Algunos cambios en la memoria y en la velocidad con la que recuperamos información pueden acompañar al envejecimiento. Otros merecen una valoración porque son nuevos, persisten, progresan o empiezan a modificar la manera en que una persona realiza actividades que anteriormente dominaba.
Por eso, comprender un posible deterioro cognitivo requiere mirar más allá de la memoria. Importa saber qué cambió, cuándo comenzó, cómo ha evolucionado y cuánto está afectando la vida cotidiana. También es necesario considerar que los medicamentos, el estado emocional, las alteraciones sensoriales y determinadas condiciones médicas pueden contribuir a las dificultades cognitivas.
Y existe una diferencia especialmente importante:
Un cambio progresivo durante meses no se interpreta de la misma manera que una confusión que aparece bruscamente en horas o pocos días.
Buscar ayuda tampoco significa asumir de antemano un diagnóstico.
Una prueba cognitiva, un olvido o una dificultad cotidiana considerados de manera aislada no permiten concluir que una persona tiene demencia o enfermedad de Alzheimer. La evaluación requiere integrar la historia, la evolución de los cambios, el funcionamiento cotidiano y la situación clínica.
Pero mientras buscamos respuestas, hay algo que no debería perderse:
La persona sigue siendo mucho más que aquello que está empezando a olvidar.
Continúa teniendo capacidades, preferencias, costumbres, vínculos y una historia que merece ser respetada.
Acompañarla no significa necesariamente hacer todo por ella ni retirar su autonomía ante el primer cambio. Significa reconocer dónde necesita apoyo, prestar atención a los riesgos y permitirle seguir participando, en la medida de sus capacidades, en aquello que todavía puede realizar y decidir.
Porque cuidar no consiste solamente en identificar una enfermedad.
También consiste en mirar a la persona que la está atravesando.
Quizá por eso, cuando comienzan los olvidos, la pregunta no debería ser únicamente:
“¿Será Alzheimer?”
También podemos preguntarnos:
“¿Qué ha cambiado respecto a cómo funcionaba antes, qué puede estar ocurriendo y cómo podemos acompañarla mientras buscamos una respuesta?”
Sobre este artículo
Este contenido tiene fines educativos e informativos y está basado en literatura científica y guías clínicas disponibles al momento de su elaboración. No sustituye una valoración médica individual, un diagnóstico ni un tratamiento indicado por un profesional de la salud.
Revisión y actualización: AckerCare revisa periódicamente sus contenidos educativos con el objetivo de incorporar nueva evidencia científica y recomendaciones clínicas relevantes.
Referencias
1. Organización Mundial de la Salud. Demencia [Internet]. Ginebra: Organización Mundial de la Salud; 2026 [citado 3 Sep 2026]. Disponible en: OMS — Demencia
2. National Institute on Aging. Memory problems, forgetfulness, and aging [Internet]. Bethesda (MD): National Institute on Aging; [citado 3 Sep 2026]. Disponible en: NIA — Memory Problems, Forgetfulness, and Aging
3. National Institute for Health and Care Excellence. Dementia: assessment, management and support for people living with dementia and their carers. NICE guideline NG97 [Internet]. London: NICE; 2018 [citado 3 Sep 2026]. Disponible en: NICE — Dementia NG97
4. National Institute on Aging. Assessing cognitive impairment in older patients [Internet]. Bethesda (MD): National Institute on Aging; [citado 3 Sep 2026]. Disponible en: NIA — Assessing Cognitive Impairment
5. National Institute on Aging. Age-related forgetfulness or signs of dementia? [Internet]. Bethesda (MD): National Institute on Aging; [citado 3 Sep 2026]. Disponible en: NIA — Age-Related Forgetfulness or Signs of Dementia
6. National Institute for Health and Care Excellence. Delirium: prevention, diagnosis and management in hospital and long-term care. Clinical guideline CG103 [Internet]. London: NICE; 2010 [actualizado 18 Ene 2023; citado 3 Sep 2026]. Disponible en: NICE — Delirium CG103
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